Ayer fuí a una fiesta. Reencontré un amigo que no había visto en 10 años. Las canas y algunas arrugas eran lo único que había cambiado. La misma mirada, los mismos tics de lenguaje, la misma risa. Hace dos meses volví a ver una amiga que no había visto en 20 años casi. De pequeñas nos imaginábamos que éramos hermanas. 20 años después, tampoco ha cambiado. La misma mirada, el mismo cabello, la misma sonrisa maliciosa, las mismas inquietudes, la misma cómplice hermandad.
Pasan las estaciones, una tras otra, y seguimos igual. La vida nos pasa encima pero no logra quitarnos lo que somos. Unos abandonaron sus sueños, otros se aferraron tanto que ya no les queda ninguno por cumplir, unos se casaron y se divorciaron, otros siguen buscando su nido. Sin embargo, me doy cuenta que cuando era pequeña, aunque no entendía bien todo, ya sabía lo principal. Permanecemos en la validez de nuestros aciertos precoces. Agregamos capítulos a lo largo de nuestras andanzas, pero es como si la trama ya estaba escrita, determinada. Como una profecía que se cumple, de que manera poco importa, pero lo que somos de verdad, se acaba cumpliendo.
Eso fue lo que pensé hoy. Somos únicos pero al mismo tiempo tan iguales frente al inexorable cumplimiento de nuestras profecías...
Cambiando de tema. Hoy el día amaneció tranquilo. Tierno y sereno. Será que la primavera acecha? La dulzura invade las calles y los corazones, cosquillea, aturulla. Se siente fresco. Se siente bien. La luz es suave y envolvente. Como esos brazos y esas manos. Y esas miradas atolondradas. Y esos despertares improvisados. Y esas palabras que le guiñan a uno. El calor se desliza por las persianas, persistente, contagioso. Me rindo. Capitulo. Me inclino ante semejante gracia. Venga pues la maldita primavera!!!
Hoy, Barcelona sin... nubes!!
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Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar;-) jejeje linda!
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