martes, 16 de marzo de 2010

Hoy, el miedo...

Prometí miedo, miedo será.


El miedo nace esencialmente del amor. El amor de nuestros padres que, cuando éramos pequeños, siempre temían por nuestro equilibrio (sobre todo cuando corríamos cerca de las escaleras), nuestra alimentación, nuestras frecuentaciones, nuestro futuro (fracaso escolar y otras protuberancias)... Pero más que nada creo yo, por sus consciencias. Todos los padres quieren ser buenos padres. Les da pavor imaginarse responsables de algun trauma (físico o psíquico) que pueda luego atormentarlos hasta la tumba. Consciente o inconscientemente, nos infunden miedo al mismo tiempo que el amor que sale disparado a torrentes cuando nos dan la vida.

Así empieza todo. El miedo es, por ende, adquirido. No es natural, es cultural. Conforme van pasando los años, nos rebelamos en contra de los miedos de nuestros progenitores, pero siempre recaemos en miedos ajenos. Pasamos de las aprehensiones del núcleo familiar, para seguir con las de toda nuestra generación de jóvenes reclutas que no se sienten listos a ser mandados al frente, y finalmente... a las de la sociedad en su conjunto. Conforme vamos creciendo, crece también la dimensión ajena, y por lo tanto la envergadura de los miedos que vehicula.

Regresemos un segundo al amor. El amor (tal como nos lo enseñan) es una gran mentira. Nos enseñan a poseer lo que amamos o amar lo que poseemos, que al fin y al cabo, viene siendo lo mismo. Y con poseer, quiero decir retener, controlar, cercar, ocultar... con aires de proteger, por supuesto. A quien se le ocurrió meternos en la cabeza que poseíamos algo en este mundo? Y sin embargo ahí vamos todos, padeciendo lo evidente, padeciendo la escurridez, el descontrol, la transparencia, la libertad. Y lo vivimos como una pérdida. Ahí reside el miedo.

El miedo se te mete por los poros y no te deja respirar por poco que le hagas caso. Aunque tengas muy presente que nada es realmente tuyo, cuando quieres, temes. Hay gente que deposita su amor en sus hijos, otros en el trabajo, otros tantos en el alcohol o en su pareja codependiente. Pero todos amamos la estabilidad. El cambio nos paraliza de miedo. El miedo al miedo. Cambiamos todo afuera para no tener que cambiar nada adentro, toreamos el miedo pero no lo enfrentamos nunca. Suena triste como una campanada de entierro... pero el miedo es el siniestro motor que mueve al planeta. Ni el sexo es tan potente... y eso que el sexo tiene lo suyo!

Filósofos y sabios de este mundo absurdo, os reto abiertamente... Redefinan el amor y acabarán con el miedo!

Hoy, Barcelona sin... miedo!!!

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