martes, 11 de mayo de 2010

Hoy, la que anda mal soy yo...

Bueno... resulta que al final la amonestación solo era amenaza. Al final me otorgaron el beneficio de la duda (la de ellos sobre todo) de si estaba yo bien informada (por ellos mas que nada). Asunto resuelto y todo el mundo feliz. Estoy aliviada a decir verdad, pero no pedía ningun favor. Se los dije. Así tal cual. No les pido favores, hagan lo que consideren justo y necesario. Asumo. Pero aún así me hicieron el favor. No iba yo a pelear. De ninguna manera. Aprendí la mansedumbre con ellos y les debía en esa ocasión de estar a la altura de tan dignas enseñanzas. "A win-win situation" como dirían nuestros amigos anglosajones.

El ambiente en la colmena se amenizó bastante. Huele a fin o a nuevo comienzo, quien sabe. La atmósfera se aligeró muchísimo. Por fin todo el mundo dejó de pelear contra la evidencia de su realidad. La inexorable impermanencia de las cosas lavó las culpas y hasta la desgana del cotidiano. Las risas han regresado a los cubículos, el cielo es más azul y hasta parecería que solo se estan acabando las vacaciones... Y no la campaña.

Mi vida se ha vuelto sumamente interesante, entre el proyecto de agencia, las clases de francés, los artículos que mando cada lunes (salvo hoy) a la revista de música, las conferencias, los eventos, la labor de tejer mi red de conexiones profesionales... todo eso es sumamente emocionante.

Por otro lado, mi salud me tiene preocupada. Va de mal en peor. La fiebre calienta estas lineas por cierto. Cada día que pasa es una incertidumbre permanente de como me sentiré al momento siguiente. Mi asma no me deja en paz. Los médicos son ineficientes. Me recuerdan F. "Pero ya vas a dejar de exagerar por favor?!". Acaso tengo que llegar en camilla para que me tomen en serio? El ibuprofeno que me recetaron 3 semanas seguidas, no sólo no surtió efecto, debilitando mis defensas, sino que despertó un asma que llevaba años sin manifestarse de semejante manera. Mi mente quiere avanzar pero mi cuerpo se rinde, débil, sin fuerzas, obligándome a vivir como proezas los esfuerzos más diminutos. Me pone de malas. No soy yo. No me reconozco. Sufro en silencio pero sin poder ocultar mi agotamiento, siento que se me nota en la mirada. Me siento apagada y no aguanto más. Hasta la noche es temible, con sus ahogos, sus agitaciones, sus ataques de tos... Y al final del tunel, ta vez, si me porto bien y dejo de exagerar... La cortisona.


Hoy, Barcelona sin... aire!

miércoles, 5 de mayo de 2010

Hoy, me pregunto....

Hoy rompo solemnemente el silencio de mi cuarentena emocional, porque sino pierdo el hilo. Y no me conviene. Todo tiene que quedar registrado en la bitácora por cualquier auditoría del alma que pueda caer, así de sorpresa. Suele pasar.

Lo repito, mi resiliencia me sorprende. El cotidiano en la colmena se ha vuelto insoportable. No por el trabajo en sí, sino por el hedor de la descomposición de las relaciones humanas que va gangrenando, cubículo por cubículo, la salud mental del equipo. Lo peor de cada uno sale a flote. La situación es terriblemente absurda y pesada. Todos pierden los estribos a su nivel, irritando a los demás, y revelando a menudo la madera de la cual estan hechos. Lo cuento a la tercera persona para tomar un poco de distancia, pero es una evidencia que soy parte del cuadro.

Para describir un poco la envergadura de mi perplejidad, me debo de relatar ciertos hechos. Mi supervisor, el hombrecito anxioso, es un ser muy desorganizado. Y encima de el, hay otro supervisor, tan organizado que siempre da la sensación no hacer nada. Éste último, es un hombre particularmente opaco y turbio. Para efectos de facilitar la narración, lo llamaremos al azar, F.

El jueves de la semana pasada, el departamento técnico nunca estuvo tan solicitado. El programa que genera las llamadas se volvió loco y empezó a hacer cualquier cosa. A la décima señal de inminente colapso, se me escapó un torpe tal vez, pero incontrolable "El programa esta vuelto loco". Se lo dije a mi pantalla de computadora, voltée intuitivamente hacia la izquierda para encontrar el mismo desconcierto en la cara de mi compañera, y sentí de repente que alguien me estaba observando a mis espaldas. Me volteé y ví a F, hincado sobre mi hombro, mirando fijamente la pantalla que ostentaba un amenazante mensaje de error. Sin pestañar, me dice muy serio: "Quieres dejar ya de exagerar, por favor?!". Si fue broma, como alegó después, no me percaté en lo más mínimo. Un tanto exasperada por la tomadera de pelo que implicaba su comentario, lo invité secamente a dejar de negar la evidencia que tenía frente a sus ojos.

Pero claro, la culpa la tenía que tener yo, así que me gritó en un tono poco amable que si tenía algún problema, que mejor me fuera a tomar un café. No lo hice. Hubiera sido aceptar que mi problema tuviese la naturaleza que F le atribuía, lo que por supuesto, no estaba dispuesta a conceder. El problema era esencialmente técnico, no anímico. Y aunque así hubiera sido, al decidir estar en donde está, F se privó categóricamente del privilegio de poder influir positivamente en nuestros ánimos, y me sorprende que todavía tenga la ridícula vanidad de querer exigir sonrisas a personas agotadas por tanto sinsentido.

Hablando de sinsentido, el lunes siguiente (antes de ayer), me saluda a mis espaldas (claro, cuando yo estoy de frente, mejor no...), no tenía muchas ganas de contestarle después de su desplante anterior. Si no hay comunicacion con alguien mejor no forzarla, ni tampoco forzar la hypocrecía hasta saludar una persona que te ha perdido el respeto. Sobre todo que podría pasar días enteros sin tener que hablar con él. Nos preguntamos todos en que consiste su trabajo porque se mete de vez en cuando en ciertas decisiones que le correspenden a otras personas... En fin. La cuestion es que me reprochó durante los 20 min de un junta convocada tras el "incidente", que el respeto era el saludarse en las mañanas, y que si él me había gritado era porque yo tenía la culpa, que yo no me controlaba, que no escuchaba a los demás y bla bla bla bla bla. Al final me disculpé con fervor y le prometí saludarlo religiosamente cada mañana de ahí en adelante.

Ese mismo día, el lunes, pedí mi día de martes para hacer mis cosas, trámites administrativos, llamadas, etc. Le avisé a mi supervidor, me dijo que sí, que no había problema, que nomas me acordara de traer los justificativos de los lugares adonde haya ido, y de llenar mi hoja de ausencia. El martes en la mañana ameneció lloviendo y me habían cortado la línea de teléfono injustamente. Pasé 3 horas peleándome con la gente de la compañía de teléfono (los únicos que puedes llamar cuando te cortan la linea...) y se me vino abajo todo el día que tenía planeado. Avanzé en mis cosas, pero desde la casa, con ánimo enjaulado y agorafóbico.

Hoy llegando al trabajo, pasé frente al escritorio de F, lo saludé como el decoro lo exige, sigo de largo en dirección del perchero para colgar mi abrigo... Ahi me dí cuenta que algo andaba mal, algún sentimiento confuso de extrañeza... Y de repente, Oh gran sorpresa! Me percaté de que F no había contestado mi saludo!!!! Me reí mucho internamente y fue la carcajada de lástima que arrasó con el poco de credibilidad que F todavía tenía ante mis ojos. En fin, le dije a mi supervisor que no tenía justificativos, que hicieran lo que más justo les pareciera, que solo me avisaran de los pasos a seguir con mi hoja de ausencia y Recursos Humanos. Saqué mi libro de Sudokus (es la única solución que encontré para no dejar mi mente vagar demasiado por los mares nauseabundos del eterno disgusto de un trabajo estúpido), y se pasó el día sin incidentes, y hasta pasó rápido. Al mediodía fuí a comer con las 3 otras chicas, siempre nos reímos mucho, y hablamos de política, aunque siempre acaba en queja sobre el ambiente podrido de trabajo en el que estamos. Hoy reíamos de la gente que nos dice siempre que tenemos suerte de tener trabajo. Suerte. Aja. Si. Mmmmm. Sin comentarios.

Cinco minutos antes de irme, le recuerdé a mi supervisor el asunto de mi ausencia. Me dijo que me esperara, que le iba a preguntar a F. Regresó diciéndome que, básicamente, F ya había mandado el reporte de ausencia injustificada a Recursos Humanos, valiéndome una amonestación, y que ya no se podía hacer nada, pero que tampoco era muy grave... y en tono de confidencia: "si para mañana consigues los justificativos, no pasaría nada porque tienes hasta 78h para traerlos, de hecho técnicamente, tienes otros 2 días". Dejo el lector sacar sus propias conclusiones pero en ese momento, la carcajada de lástima se extendió a mi pobre supervisor y todo este sistema absurdo en el que todos se toman cosas tan poco valiosas tan en serio... A finales de mayo se acaba este trabajo y por ello, bendigo los cielos que estan en lo alto.

Hoy, Barcelona sin... ¿Qué?