Va aumentando mi número de cuentas. Youtube, dailymotion, facebook, varias de gmail, blogger, infojobs, adecco, myspace, grooveshark, linkedin, bancarias y pendientes. Identidades paralelas, virtuales y no siempre virtuosas. Las trabajamos y las cuidamos. Cuando se borran, lo que acaba de pasar con mi cuenta youtube, se siente horrible. Lo primero en lo que pensé no fueron mis videos, sino el número de visitas que tenían. Se borró la historia de mis videos, la prueba de sus propias existencias independientes, los comentarios, los seguidores. Todo estaba documentado. Con la fecha y la hora. Nos da la reconfortante idea de que nada escapa a nuestro control. Al menos ahí. Nos da seguridad, justifica nuestra existencia y la de todo lo que podamos crear.
Los últimos cuatro meses pasados a trabajar en una tienda online de jamón ibérico, además de hacerme subir de peso, me confrontaron a toda una dimensión que no sospechaba en lo más mínimo.
Trabajé para Pinky y Cerebro. Respectivamente un informático y un ingeniero. Dos Nerds peleados con el concepto de "contacto humano". No tienen tarjetas de presentación, y cada vez la excusa era algo así: lo nuestro es internet. Lacónicos y completamente desacomplejados. Un tanto desquiciantes.
Todo se consignaba religiosamente en un back office que era una joya de organización y exhaustividad. Cuando estábamos rebasados de trabajo, empecé a utilizar el sistema un poco cómo mejor me convenía a mí. Esa iniciativa no les gustó. Lo habían hecho ellos, por y para sus mentes, punto.
En alguna ocasión me pidieron que busque un sistema de etiquetas envolventes para los jamones, y distintos presupuestos. Estaba reflexionando sobre este apasionante reto, cuando Cerebro viene a verme con una etiqueta de papel, como las que se le ponen a las maletas. Me dice que eso es exactamente lo que quieren. Hago el patrón con las dimensiones para rodear una pata de jamón y lo mando a varias imprentas para que me den presupuestos. Me llegó uno que me pareció mucho más barato que los demás y se lo enseñé a Cerebro. Me dijo que si.
Unos días después, un comercial vino a traernos personalmente las pruebas a la oficina. Hablo con él un momento, me enseña los modelos y voy a llamar a mis superiores para que vean lo lindas que quedaron. Pinky que no había abierto la boca de toda la mañana, salvo para tararear la misma canción una y otra vez, le dice al amable comercial: Tenemos un presupuesto de esto? Ante el asombro del pobre visitante, me apresuré en decir que por supuesto y que Cerebro lo tenía en su mail desde hacía una semana, además de haberlo aprobado. Le dijeron en catalán que muchas gracias por todo y que le llamarían.
Cuando el señor se fue, les dije que no era una manera de hacer negocios, que ya me habían dicho que aceptaban el precio, por lo cual el comercial nos había traído las pruebas y que pudieran haber sido más corteses. Me pidieron que les enseñara el presupuesto y para comparar, empezaron a calcular cuanto les costaba el sistema de etiquetas que ya tenían. Las ligas + la tarjetita con el hoyo + costo salarial de la mano de obra que ensarta las putas ligas en las putas tarjetitas.
Sacaron facturas de las ligas y las tarjetas pero estaban en desacuerdo sobre el costo de la mano de obra. Pinky aseguraba que ponerle la liga a la tarjeta se hacía en 1,5 segundo, Cerebro replicó que estaba loco y que se necesitaban por lo menos 6 segundos. Yo ya no existía. Se fueron al almacen a organizar la justa y Pinky perdió, se tardó 8 segundos.
Regresaron entre risas y de repente Pinky me dice muy serio: mira, no quiero nada sobre medida porque siempre sale más caro, quiero descartar por completo la opción de encontrar una etiqueta standard con nuestras dimensiones (NdT: gigantescas). Lo que hacen las drogas, un exceso de virtualidad también lo hace. Llegó el frenesí de los jamones en Navidad y nunca más se habló del tema.
No quiero ser como ellos cuando sea grande.
Hoy, Barcelona sin... etiquetas.
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